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Tykhé Diosa de la Fortuna


Este relato resume en forma por demás amena el comportamiento de aquello que llamamos Fortuna, cuento para leerse detenidamente ya que en cada don y en cada capricho de la Diosa Tykhé entendemos cómo actúa la Diosa Fortuna, como por ejemplo: no podemos sentarnos y esperar que la Fortuna venga a nosotros, porque ella no pasa dos veces por el mimos lugar –y si ya paso por donde estamos nosotros-, que corre muy rápido por lo que hay que estar siempre alerta, que tiene trucos para escapar, trucos para no ser atrapada por lo cual si la vemos –para lo que hay que estar alerta- hay que saberla reconocer y atraparla  aferrándonos fuertemente a ella y los Dioses … los Dioses nos concederán todos nuestros Deseos.

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Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que llevaba los anales galácticos. Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían llegado a la madurez y poseían méritos para formar parte de la Federación Galáctica.

En el primer libro habían tachado algunos nombres anotados anteriormente: los de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado. La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biofísicas, la falta de adaptación social se cobraban su tributo. Sin embargo, en el libro pequeño no había habido que tachar jamás ninguno de los nombres anotados. En aquel momento,Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano, levantaba la vista, notando que se acercaba un mensajero.

-Naron -saludó el mensajero-.¡Gran señor!

-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.

-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.

-Estupendo. Estupendo. Actualmente ascienden muy aprisa. Apenas pasa un año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son ésos?

El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del mundo en cuestión.

-Ah, sí -dijo Naron-. Lo conozco. -Y con buena letra cursiva anotó el dato en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo. Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes. Escribió, pues: La Tierra.

 

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